EL
DIABLO DE LA RICA
I
El
minero llegó a su casa cansado y con pocas ganas de hablar con su mujer.
Esperaba comer pronto y acostarse a descansar sin más preocupaciones, pues las
cosas en su trabajo estaban poniéndose muy graves. El día anterior hubo un
derrumbe en el nivel donde él tenía su puesto y tal vez lo cerraran hasta nuevo
aviso. Esto significaría que tendrían que descansarlo unos días si paga.
Con
sorpresa vio cómo su esposa lo esperaba sonriente y que la comida ya estaba servida. Mientras comía, después de
acomodar sus cosas en una silla reforzada con alambre, recibió la noticia
causante de la alegría de la mujer. Pronto sería papá. Al escuchar esto, soltó
el taco de sal sobre su plato, el caldo de frijoles negros salpicó el mantel
tejido a mano por su suegra. Sin decir palabra salió enfurecido de la vivienda
de madera del cerro de Cubitos; la puerta de madera casi se desprende de las
tablas por la fuerza con que la azotó de golpe. No quiso voltear hacia su casa
mientras bajaba por el camino de tierra hasta la cantina donde seguro
encontraría algún compañero con quien emborracharse mientras le contaba sus
penas, la cuales aumentaban cada día, pues la noticia significaba penurias en
vez de felicidad debido a su precaria condición económica.
Al
entrar descubrió a su compadre Andrés, quien ese día no había ido a la mina.
Éste le contó la razón de su ausencia. En la mina La Rica de Real del Monte
contrataban a todos los mineros que quisieran cambiar su plaza de la mina de
San Juan, donde ellos trabajaban. El cambio significaba un pequeño aumento de
salario, y caminar todas las noches hasta esa mina para economizar un poco, de
lo contrario, no tendría caso gastar en pasajes, pues quedarían casi con la
misma cantidad en el bolsillo cada día de paga. Sin pensarlo mucho, Juan
decidió que haría lo mismo.
II
El
camino por el cerro de Santa Apolonia se opacaba con lentitud mientras los compadres
subían pisando piedras filosas unas, resbaladizas otras, los cerros se
transformaban en sombras perfiladas contra un azul negruzco con matices pálidos,
provocados por la débil luz de una luna tímida y empequeñecida como si temiera
un acontecimiento aterrador.
Bromeando
como era su costumbre cuando estaban sumidos en las entrañas de la tierra,
rascándoselas para extraerle sus preciados minerales, no dejaban se sentirse
atemorizados por el silencio de la bóveda celeste apenas interrumpido
intermitentemente por el silbido de un viento casi imperceptible. En todo el
camino evitaron por instinto y sin ponerse de acuerdo comentar los rumores
referentes a las cosas vistas en la mina que ahora sería su lugar de trabajo y
su destino.
En las
pausas de la conversación, Juan rememoraba las condiciones de vida futuras para
su hijo por venir. Veía la miserable casa de madera construida desesperadamente
por él y su suegro, pues su propio padre hacía tiempo perdió la vida en otro
derrumbe. La benevolencia mostrada en ese momento por el anciano padre de su
mujer lo había hecho sentir un compromiso mayor que el natural de un futuro
esposo. Interrumpían sus ilusiones los “albures” escupidos sin sentido por su
compadre, quien con el menor pretexto maldecía la oscuridad y los arbustos a la
orilla del camino, pues el insignificante roce de una rama lo exasperaba y por
esto empezaba con las “mentadas de madre” y alusiones a la progenitora del
arbusto atrevido. Conforme se acercaban a su destino, una luminiscencia se iba
asomando lentamente desde el suelo, hasta que finalmente pudieron contemplar
desde lejos la silueta del malacate de la mina San José La Rica, en Real del
Monte. Esta visión llegó a su conciencia junto con la determinación de mostrarle
a su familia que a pesar de su carácter, endurecido por el trabajo pesado y el
peligro constante, era también un buen hombre y por nada del mundo arriesgaría
lo poco que tenía. Entraron al terreno plano en cuyo fondo se habían construido
al pie del malacate las naves de doble techo y paredes con grandes ventanas de
madera y alguna pequeña oficina en sus
costados.
III
Después
del descenso, ya en el interior del túnel asignado por la administración, los
esperaban sus nuevos compañeros. Al terminar el recibimiento, les abrieron paso,
sin disimular sonrisas y miradas cómplices, para que se dirigieran a su lugar
de trabajo. Caminaron unos cuantos metros internándose en la oscuridad
iluminada por sus linternas con los demás mineros detrás de ellos, examinando
las paredes para darse una idea de lo avanzada que pudiera estar la excavación.
Esperando ver fragmentos de preciosos metales en bruto, en vez de eso, dieron
un sobresaltado brinco hacia atrás al ver en una de estas paredes, sobre una
roca grande que sobresalía solitaria, la figura de un siniestro ser que los
miraba con malignidad insoportable. Al instante reventaron el silencio las
carcajadas de los mineros, quienes los empujaban burlonamente hacia la
espeluznante aparición petrificada.
Sin
comprender que debían hacer, temblorosos intentaron seguir el camino, pero
fueron detenidos en seco por uno de los mineros que se adelantó para cerrarles
el paso.
- - No
tan rápido compañeros, primero debemos poner en su lugar a este desgraciado
demonio para que nos deje trabajar en paz.
Y de
pronto, los mineros se quitaron sus cinturones y empezaron a latiguear furiosamente
la figura del demonio de largos cuernos y repugnante rostro, cuya sonrisa
lujuriosa se retorcía con vida propia, haciendo muecas como si disfrutara la
flagelación. Todos brincaban y gritaban en una danza frenética y alucinante,
disparando el cuero y las hebillas contra la impávida roca, como si de verdad
creyeran que la martirizaban, y apremiaban
a los nuevos a seguirlos en el castigo inmisericorde.
Desconcertados,
los compadres hicieron lo mismo, dubitativamente primero, pero, contagiados por
el ritmo demencial del grupo, poco a poco aumentaron la rapidez y la fuerza de
sus latigazos contra la cara del abominable monstruo incrustado en la roca. Aturdido
por lo que hacía, Juan vio de nuevo pasar su vida y recordó rencorosamente lo
que esperaba a su hijo si no mejoraba su miserable situación, golpeando con más
fuerza cada vez al demonio, deseando descargar toda la rabia también incrustada
en su alma. De pronto, sin querer, se detuvo, un mareo repentino le hizo ver que
uno de los ojos del espectro se cerraba, haciéndole un guiño de burlonas amenazas,
que en su confusión Juan tomó como súplicas de ultratumba.
Los
demás se detuvieron, sudorosos y agotados acomodaron sus cinturones y señalaron
del camino a los amigos para que iniciaran su turno.
IV
Fue
hasta que recibieron su primera paga, cuando Juan se animó a contarle a su
compadre lo que había visto su primer día de trabajo. Al escucharlo, aquel soltó
una carcajada. Ya calmado, le explicó que seguramente había sido un pedazo de
piedra desprendido por los golpes que cubrió el ojo del ya inofensivo demonio,
pues así le parecía ahora la figura del “diablillo”. Con esta idea, Juan dejó
de pasar con temor al lado de la demoniaca figura, concentrado en sus esfuerzos
por conseguir un aumento de sueldo.
Una
noche, el amigo no se presentó, pues seguramente había vuelto a caer en su
afición por el pulque, creyó Juan. De manera que tuvo que trabajar solo todo el
turno. De vez en cuando, un silbido suave proveniente de un desconocido lugar
se escuchaba entre cada golpe del pico contra la roca. Este sonido hacía
recordar a Juan el camino diario por el cerro en las noches, sentía entonces la
nostalgia de dormir con su mujer y su hijo, pues este nació un mes antes de lo
previsto. Nuevamente cayó en la trampa de las recriminaciones y las
preocupaciones. Se sentó en una piedra aprovechando que nadie se daba cuenta y
comenzó a llorar sin querer. El aumento de salario no llegaba.
Al
terminar sus lamentos, el silencio se volvió denso como el vapor de las
máquinas; absurdamente, con los ojos nublados, Juan imaginó que de verdad el túnel
se llenaba de gases blancuzcos. Se los restregó, esperando que fuera el efecto
de sus lágrimas. Con las manos todavía frente a la cara, quedó paralizado,
petrificado como todo lo que le rodeaba. Ante él, flotaba en el aire la misma
figura que debía estar en la roca martirizada con cinturonazos.
Continuará…
EL DIABLO DE LA RICA 𝑒𝑠 𝑢𝑛𝑎 𝑎𝑑𝑎𝑝𝑡𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑜𝑟𝑖𝑔𝑖𝑛𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝐽𝑜𝑠𝑒́ 𝑆𝑎́𝑛𝑐ℎ𝑒𝑧 𝑍𝑎𝑣𝑎𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎́𝑔𝑖𝑛𝑎 𝑑𝑒 𝐹𝑎𝑐𝑒𝑏𝑜𝑜𝑘 “𝑝𝑎𝑐ℎ𝑢𝑐𝑎𝑙𝑎𝑏𝑒𝑙𝑙𝑎𝑖𝑟𝑜𝑠𝑎”, 𝑏𝑎𝑠𝑎𝑑𝑎 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑙𝑒𝑦𝑒𝑛𝑑𝑎 𝑡𝑟𝑎𝑑𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙 𝑝𝑎𝑐ℎ𝑢𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑎.
𝒄𝒐𝒑𝒚𝒓𝒊𝒈𝒉𝒕 © 2023 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒂𝒅𝒂𝒑𝒕𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝑱𝒐𝒔𝒆́ 𝒔𝒂́𝒏𝒄𝒉𝒆𝒛 𝒁𝒂𝒗𝒂𝒍𝒂
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