I
En la
oscuridad del cielo, la silueta de los árboles del Cerro del Lobo fue
definiéndose lentamente, al mismo tiempo que brotaba el perfil casi completo de
éste sobre una claridad cristalina, blanca. La luna emergía lentamente y
aumentaba su tamaño hasta parecer gigantesca detrás de la punta del cerro. La
oscura figura de un cuadrúpedo correteaba de arriba hacia abajo el aroma de
cada ráfaga de aire envenenado, ansioso por contemplar la aparición de su
compañera de juegos. Las
ramas de los árboles presentían un acontecimiento aterrador temblando
desesperadamente, agitadas por el aullido enloquecido del viento, que se
derramaba desde lo alto del cerro hasta las primeras casas de su falda; las
rodeaba amenazante y penetraba por sus ventanas…
Una de
estas ráfagas malignas rompió el cristal de una ventana cerca de la mesa donde bebían
pulque y alcohol y jugaban cubilete dos ancianos mineros y un joven apenas
reclutado en la mina de San Juan, derribando los vasos de los tres. Los
ancianos se miraron como si atribuyeran un significado al pequeño incidente y no se atrevieron a tocar sus vasos, pero el
joven estiró el brazo y levantó los tres, sin gestos ni aparentar molestia;
después giró la cabeza hacia la ventana: detrás del cerro la luna parecía más
grande que él, como si estuviera a punto de abrazarlo y engullirlo
lujuriosamente. La mirada del joven brillaba con la misma intensidad de la
linterna de su casco dentro del túnel oscuro de la mina, en las entrañas de la
Bella Airosa.
Así
permaneció un rato, mientras uno de los ancianos vertía más pulque en una
jicarita, pues ya no quería más alcohol… Los viejos mineros evitaban levantar
la vista, y sólo murmuraban en voz baja entre ellos; el estruendo del viento
aumentaba enfurecidamente y los rostros curtidos y llenos de gruesos surcos
oscuros se torcieron por terror. La jícara se tambaleó y un chorro de pulque cayó
al suelo, entre los dos ancianos. Al mirar el blancuzco charco derramado, ambos
ya no pudieron aguantar más la tensión y encararon a su recién conocido
compañero.
-
¿Harás
hoy eso que nos dijiste, para lo que quieres que te acompañemos? Si es así ya
vámonos: Ella debe haber llegado.
-
Si,
vámonos ya.
Al
levantarse, un pequeño brillo surgió del pecho de la gruesa camisa de mezclilla
del joven. Lo tapó con su mano para que no lo notaran los viejos.
II
Al subir
por el angosto camino pedregoso, a pocos metros de ellos entrevieron contra la
luz de la luna la figura de un lobo negro, sentado sobre sus patas traseras;
dos pequeños carbones rojizos brillaban en su cabeza, parecía estar
esperándolos para acompañarlos hasta la punta del cerro. Se detuvieron indecisos
y temerosos, pero después de un instante siguieron su camino, en silencio; la
bestia oscura se levantó ágilmente y avanzó delante de ellos, girando la cabeza
de vez en cuando para cerciorarse de que continuaban detrás de él.
El joven,
aunque aturdido por la bebida, comenzaba a dudar de la historia que le habían contado
dentro del túnel de la mina los dos ancianos, mientras comían en el estrecho
nicho del nivel 450. Había llegado a Pachuca desde Guanajuato, donde recibió la
noticia de la muerte de su hermano a manos de una mujer en esta ciudad minera.
Como no tenía detalles se trasladó de inmediato con el fin de averiguar más
sobre el trágico suceso. Para investigar el asunto se reclutó como “ademador”
en la mina de San Juan, donde trabajo su hermano. Ahí conoció al par de
ancianos que lo instruían sobre su pesado trabajo, y al revelarles el propósito
de su llegada, éstos se lanzaron la característica mirada cómplice ya conocida
por su pupilo.
Según
los encallecidos mineros, cuando eran jóvenes, al salir de la mina y dirigirse
a la cantina como todos los días, un grupo de mineros encontró en este mismo
camino que recorrían ahora, a una mujer cuya belleza era conocida en todo el
rumbo, y codiciada por cuantos la veían esperando fuera de la mina para vender
sus pastes.
Lo que
sucedió ese día le revolvió el estómago al joven minero, y mientras recordaba
el hecho narrado, al caminar se asomaba al precipicio, tratando de adivinar el
lugar donde pudieron haber arrojado el cuerpo de la mujer aquellos malvados
mineros después de cometer su atrocidad. Cada vez que hacía eso, los viejos
sonreían burlonamente.
Desde
entonces, en el nivel 350 sucedieron varias muertes, cada uno de los
participantes en el aterrador crimen sucumbió agónicamente en accidentes
misteriosos e inexplicables, excepto dos, que pidieron su traslado al nivel
450.
Y se
cree que por esto, cada luna llena, el espíritu de la bella mujer aparece sobre
el camino para reclamar la vida de aquellos dos fugitivos, pero como no los
reconoce, su venganza cae por igual sobre cualquier minero que se atreve a
transitar ebrio por aquel camino. El último, fue el hermano del novato.
Al
conocer el motivo de su llegada, los ancianos no habían hecho otra cosa más que
animarlo a cumplir su objetivo, que era vengarse de la mujer. Pero, al
enterarse de que se trataba de un ente del otro mundo y no de un ser humano de
carne y hueso, el joven tardó algún tiempo en decidirse a enfrentar al
monstruo. Cando por fin creyó encontrar el medio que le permitiría vengar la
muerte de su hermano, no tuvo que esforzarse para convencer a los ancianos de
que lo acompañaran, pues estos, maliciosamente, deseaban que alguien terminara
con la amenaza que representaba ese demonio para los mineros…
III
El camino se ensanchaba poco a poco hasta
llegar a un claro circular iluminado por la luna donde no crecía la hierba. En
el centro, una piedra blanca rodeada de cenizas de distinguía brillante.
Los
ancianos, cobardemente, se fueron rezagando en la orilla del espacio vacío,
buscando algún matorral donde esconderse; el ademador avanzó vacilante, no por
temor, sino dudando de su deseo de vengarse, pues aunque la asesina de su
hermano era un ser infernal y de apariencia repugnante, su conciencia no dejaba
de reconocer a su pesar que también había sido una víctima de la maldad humana…
Desafortunadamente,
sus cavilaciones no alcanzaron a encontrar una resolución a su conflicto moral,
pues, repentinamente, la cosa más espantosa y nauseabunda jamás vista desde
tiempos inmemoriales apareció frente a él, flotando sobre la piedra.
Un
potente resplandor encegueció momentáneamente al atrevido invasor, quien apenas
tuvo tiempo de tapar su nariz para no perder la conciencia debido a la
intensidad de la fetidez que impregnó
todo el terreno, pero parecía deleitar al endemoniado lobo, que se relamía de
placer.
Al mirar
de frente la aparición, el aturdido vengador distinguió a través de la fosforescente
transparencia la inmensa maldad del universo concentrada en el rostro más
hermoso que jamás hubiera visto o imaginado.
La
sangre empezó a hervir en sus venas, sintió que las cienes le reventaban, sin
embargo, sus piernas se mantuvieron firmes al notar como la etérea belleza se
transfiguraba en una informe masa coagulante y putrefacta, conservando en la mirada
por contraste una expresión de súplica…
El joven
pareció comprender en el fondo de su aturdida conciencia lo que significaba
aquella mirada anhelante, y rápidamente se desabrochó la camisa dejando ver un
objeto dorado que colgaba de su pecho, al tiempo que se abalanzaba contra la
monstruosa luminosidad y la abrazaba con desesperada fuerza, empujándola contra
el precipicio…
Los
cobardes ancianos vieron desde su escondite cómo un silencioso estallido de luz
brotó de aquel abrazo y caía en la oscuridad profunda, mientras se apagaba
lentamente… En el borde, quedó aullante la bestia oscura…
El
fantasma del cerro del Lobo es una adaptación original de José Sánchez Zavala
para la página de Facebook “pachucalabellairosa”, basada en la leyenda
tradicional pachuqueña.

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