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El joven minero se preparaba para ir a la fiesta de su novia en San Miguel Cerezo. Frente al espejo, daba los ΓΊltimos toques a su atuendo. Con la mano derecha dejΓ³ sobre la repisa el peine mientras con la izquierda acomodaba el cuello de la camisa. Esto provocΓ³ que sin fijarse derribara al suelo una pequeΓ±a cajita de madera que desde niΓ±o habΓa estado en esa repisa, a los pies del retrato de un anciano que nunca conociΓ³. Al estrellarse, la cajita se abriΓ³, no contenΓa nada, sΓ³lo se podΓa ver el forro de tela amarillenta que debiΓ³ ser blanca y brillante cuando era nueva. Sin saber por quΓ©, la hizo a un lado con el pie, sin agacharse a levantarla, pues tenΓa prisa por salir de su casa en el barrio El Arbolito, de la ciudad minera Pachuca.
Al levantar la vista hacia el espejo, notΓ³ el rostro de su madre detrΓ‘s de su propio reflejo, sobre su hombro. Lo miraba con reproche y algo de temor al mismo tiempo. Le pareciΓ³ extraΓ±a la expresiΓ³n de la mujer; creyendo que se habΓa molestado por la caΓda del pequeΓ±o objeto, se agachΓ³ para levantarlo con rapidez. Al depositarlo sobre la repisa y voltear hacia la puerta de la habitaciΓ³n, la mujer ya no estaba. El joven sonriΓ³ aliviado, pues esperaba una recriminaciΓ³n por su descuido, pero, en vez de eso, escucho desde algΓΊn lugar de la pequeΓ±a vivienda con techo de lΓ‘mina la voz de su madre, como si viniera desde lejos, pues se entremezclaba con el ruido del viento fuerte que hacΓa rechinar el metal sobre su cabeza. Al notar el efecto de los sonidos confundidos, se sobresaltΓ³ un poco y, tratando de adivinar quΓ© decΓan los susurros del viento, cerrΓ³ lentamente la cajita, como temiendo ensuciar sus dedos con el polvo acumulado en ella por los aΓ±os.
- Es muy tarde para que te vayas caminando hasta “el Cerezo”, creyΓ³ escuchar.
CaminΓ³ hasta la puerta y se detuvo al tiempo que preguntaba:
- ¿QuΓ© dices?
La voz repitiΓ³, mientras el joven se giraba nuevamente hacia el espejo:
- Que ya es muy tarde, y hoy es 10 de marzo, es muy peligroso caminar a esta hora por la caΓ±ada de San Buenaventura.
Al escuchar la fecha mencionada por la cavernosa voz de su madre, el minero sintiΓ³ la misma sensaciΓ³n desagradable que le producΓa desde niΓ±o el relato del incendio de la mina del Bordo, y sin querer, mirΓ³ el retrato que descansaba sobre la repisa junto al espejo. ImΓ‘genes confusas de siluetas humanas que su imaginaciΓ³n infantil, y luego adolescente, habΓa tratado de definir con alguna precisiΓ³n sin conseguirlo nunca, aparecieron sobre el deslustrado cristal, deformando el rostro del anciano en una mueca desolada y repugnante al mismo tiempo. ParpadeΓ³ varias veces para terminar con aquella ilusiΓ³n Γ³ptica que atribuyΓ³ al reflejo de la luz del foco que se bamboleaba en una viga de madera. No querΓa distraer su Γ‘nimo del momento agradable y tan esperado toda la semana sumido en las entraΓ±as de la Bella Airosa, sacando escombro de oscuros tΓΊneles cansadamente. TratΓ³ de concentrarse en una sensaciΓ³n entusiasta para salir de su casa, pero, nuevamente, la voz de la madre lo sobresaltΓ³ produciΓ©ndole un escalofriΓ³ inesperado que, junto con el traqueteo de las lΓ‘minas y el zumbido que se filtraba entre ellas, lo irritΓ³ fuertemente y lo hizo maldecir sus recuerdos… MirΓ³ de reojo la cajita y saliΓ³ corriendo por la puerta del patio, para no pasar junto a su madre, que debΓa estar sentada en el roΓdo sillΓ³n de la otra habitaciΓ³n, que servΓa de sala, comedor y cocina, de manera que no podrΓa esquivarla por la puerta principal.
SΓ³lo habΓa que dar unos pasos para casi chocar de frente contra el cerro, pues el patio era un pequeΓ±o espacio que separaba la casa de aquΓ©l, sin divisiΓ³n alguna entre ellos. AsΓ, que caminΓ³ hacia la esquina de la casa para poder brincar desde la angosta franja de cemento que la rodeaba y caer sobre el camino empedrado que se tomaba como calle.
El viento le sacudiΓ³ la corbata, respirΓ³ profundamente, la metiΓ³ entre los botones de la camisa y volteΓ³ hacia su casa: el rostro de su madre se recortaba contra la luz del marco, y a pesar de la oscuridad, la luz de la luna lo iluminaba un poco, dΓ‘ndole un efecto espeluznante que el joven mΓ‘s bien quiso imaginar como expresiΓ³n de la angustia materna.
ComenzΓ³ a subir con la seguridad y el temor de que cuando llegara, sus zapatos estarΓan cubiertos de polvo y tal vez raspados inevitablemente, pues las piedras del camino acabarΓan con su deseo de sorprender a su novia con su apariencia impecable, ya que casi siempre se veΓan cuando ella lo visitaba en su trabajo, fuera de la mina, y lo veΓa con sus ropas sucias y las botas desgastadas.
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La luna se reflejaba sobre el charol de los zapatos, que iba palideciendo un poco a cada paso que daba el joven minero. Impotentemente, Γ©ste miraba como el reflejo lunar iba esfumΓ‘ndose confusamente en el polvo que subΓa cada vez mΓ‘s hasta la vastilla del pantalΓ³n. Concentrado en este pequeΓ±o detalle que, debido al sacrificio realizado durante semanas para poder comprar el calzado, alcanzΓ³ tanta importancia en su espΓritu, no se dio cuenta del desvΓo tomado por sus pies sobre el camino.
Fue tarde cuando levantΓ³ la vista y alcanzΓ³ a ver las luces de la ciudad allΓ‘ abajo, pues al instante sintiΓ³ como las piedras del cerro empezaron a golpear todo su cuerpo. Las luces de la ciudad y de las estrellas se fundieron en un remolino vertiginoso mientras el joven caΓa rΓ‘pidamente por la falda del cerro, seguido por el polvo apenas visible en la oscuridad, y dejando manchas de sangre en los picos rocosos… AsΓ llegΓ³ al fondo del precipicio y quedΓ³ con el cuerpo tembloroso y magullado encima de una piedra. Respirando con dificultad apenas podΓa soportar el dolor de su cabeza, golpeada infinidad de veces; le ardΓan los ojos y sentΓa como si fueran a explotar. MirΓ³ hacia lo alto, la punta del cerro brillaba recortada por la luz de la luna y una neblina luminosa se percibΓa flotando espesamente.
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CerrΓ³ los ojos. RespirΓ³ profundamente mientras sentΓa el viento aullante rozar su cuerpo y creΓa escuchar de nuevo alguna voz lejana. TratΓ³ de pensar en las palabras de su madre pero se le escapaba el significado de lo que decΓa; en vez de eso, los susurros del viento tenΓan el sonido de voces masculinas, y lo que decΓan le parecΓa no sΓ³lo confuso, sino mΓ‘s bien aterrador.
- AquΓ estΓ‘ el responsable de nuestra muerte. Es el ingeniero que provocΓ³ la tragedia.
Los enfurecidos silbidos del viento se transformaban en el eco de un coro lejano, en multitud de voces infernales y vociferantes. A pesar del dolor, el joven minero intentΓ³ abrir los ojos, pero los pΓ‘rpados le pesaban demasiado. EsperΓ³ inmΓ³vil mientras se daba cuenta de que no era el viento lo que creyΓ³ escuchar en su agonΓa, sino verdaderas voces humanas aunque siniestras, como si salieran de lo mΓ‘s profundo de algΓΊn abismo…
Asustado por su descubrimiento, desesperadamente consiguiΓ³ por fin levantar los pΓ‘rpados, y ahora, en vez de la punta del cerro, vio con infinito terror y desconcierto, sin alcanzar a comprender si estaba despierto, dormido o tal vez muerto, un grupo de lo que parecΓan ser cuerpos humanos vestidos como la mayorΓa de sus compaΓ±eros, es decir, creyΓ³ verse rodeado por mineros…
Su propio cuerpo no respondiΓ³ a su ansiedad por ponerse de pie, estaba completamente congelado por el frΓo y el horror del espectΓ‘culo. El horror aumentΓ³ inconcebiblemente al percibir el repugnante olor que flotaba dentro del grupo que lo rodeaba, y alcanzΓ³ los lΓmites de la resistencia humana cuando sintiΓ³ como las manos duras, encallecidas y descarnadas de estos cadΓ‘veres repulsivos lo agarraban para desmembrarlo vivo sobre la piedra con rencor y odio infernales.
Al tiempo que sentΓa las tenazas en sus miembros, escuchΓ³ proveniente de algΓΊn punto un rugido vibrante que reverberΓ³ en el vaciΓ³ durante unos segundos, y creyΓ³ distinguir unas palabras:
- ¡DΓ©jenlo! No es Γ©l… es mi nieto!
Una a una, en el silencio de la noche, las manos de aquellos espectros calcinados por el fuego soltaron el cuerpo del joven minero, sin perder las expresiΓ³n rencorosa en sus rostros carcomidos y agusanados.
El minero casi pierde el juicio al recordar el retrato del anciano que desde niΓ±o le producΓa recelo y un miedo indefinible, pues no entendΓa cabalmente quiΓ©n habΓa sido. Y definitivamente creyΓ³ que lo perderΓa cuando el grupo se abriΓ³ para dejar pasar al ser mΓ‘s espantoso imaginado nunca por ningΓΊn ser humano. Era mΓ‘s alto y robusto que los demΓ‘s, aun colgaban de sus hombros jirones de una camisa de mezclilla chamuscada y tiras de cuero en sus costados, en su cabeza portaba el mismo casco de la fotografΓa, ahora corroΓdo por el Γ³xido y la linterna esta partida en pedazos de cristal que caΓan cada vez que viento la tocaba. Un olor a quemado y carne podrida penetrΓ³ la nariz del joven, y un brazo se alargΓ³ con la mano abierta.
- Toma esta cruz. LlΓ©vasela a tu madre. La voz que surgiΓ³ de la quijada inmΓ³vil como los mismos sonidos que escuchara entrar por las lΓ‘minas del techo de su casa provocΓ³ que por fin un desmayo dejara perder la conciencia al minero caΓdo.
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Nuevamente, algunas voces lo despertaron, pero, esta vez las reconociΓ³ a pesar de estar confundido y totalmente adolorido. Eran las voces de su madre y de su novia, quien habΓa ido a buscarlo al dΓa siguiente al ver que no llegΓ³ a su fiesta, preocupada porque anunciarΓan su compromiso esa misma noche.
Las voces sonaban ahora como el agua clara de un pequeΓ±o rΓo, tranquilizantes y confortantes.
- Pensamos que te habΓas ido a la cantina con tus amigos. Te dije que era peligroso salir esta noche…
La madre no pudo seguir con su reprimenda, pues con terror y angustia descubriΓ³ sobre el pecho del minero el crucifijo que portaba su propio padre durante el incendio de la mina del Bordo…
Los 87 del Bordo ππ π’ππ πππππ‘ππππ́π ππππππππ ππ π½ππ π́ ππ́ππβππ§ πππ£πππ ππππ ππ ππ́ππππ ππ πΉπππππππ “πππβπ’πππππππππππππ π”, πππ πππ ππ ππ πππ¦ππππ π‘ππππππππππ πππβπ’ππ’ππ̃π.
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