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π‹πŽπ’ πŸ–πŸ• 𝐃𝐄 𝐋𝐀 πŒπˆππ€ 𝐃𝐄𝐋 ππŽπ‘πƒπŽ


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𝐈
El joven minero se preparaba para ir a la fiesta de su novia en San Miguel Cerezo. Frente al espejo, daba los ΓΊltimos toques a su atuendo. Con la mano derecha dejΓ³ sobre la repisa el peine mientras con la izquierda acomodaba el cuello de la camisa. Esto provocΓ³ que sin fijarse derribara al suelo una pequeΓ±a cajita de madera que desde niΓ±o habΓ­a estado en esa repisa, a los pies del retrato de un anciano que nunca conociΓ³. Al estrellarse, la cajita se abriΓ³, no contenΓ­a nada, sΓ³lo se podΓ­a ver el forro de tela amarillenta que debiΓ³ ser blanca y brillante cuando era nueva. Sin saber por quΓ©, la hizo a un lado con el pie, sin agacharse a levantarla, pues tenΓ­a prisa por salir de su casa en el barrio El Arbolito, de la ciudad minera Pachuca.
Al levantar la vista hacia el espejo, notΓ³ el rostro de su madre detrΓ‘s de su propio reflejo, sobre su hombro. Lo miraba con reproche y algo de temor al mismo tiempo. Le pareciΓ³ extraΓ±a la expresiΓ³n de la mujer; creyendo que se habΓ­a molestado por la caΓ­da del pequeΓ±o objeto, se agachΓ³ para levantarlo con rapidez. Al depositarlo sobre la repisa y voltear hacia la puerta de la habitaciΓ³n, la mujer ya no estaba. El joven sonriΓ³ aliviado, pues esperaba una recriminaciΓ³n por su descuido, pero, en vez de eso, escucho desde algΓΊn lugar de la pequeΓ±a vivienda con techo de lΓ‘mina la voz de su madre, como si viniera desde lejos, pues se entremezclaba con el ruido del viento fuerte que hacΓ­a rechinar el metal sobre su cabeza. Al notar el efecto de los sonidos confundidos, se sobresaltΓ³ un poco y, tratando de adivinar quΓ© decΓ­an los susurros del viento, cerrΓ³ lentamente la cajita, como temiendo ensuciar sus dedos con el polvo acumulado en ella por los aΓ±os.
- Es muy tarde para que te vayas caminando hasta “el Cerezo”, creyΓ³ escuchar.
CaminΓ³ hasta la puerta y se detuvo al tiempo que preguntaba:
- ¿QuΓ© dices?
La voz repitiΓ³, mientras el joven se giraba nuevamente hacia el espejo:
- Que ya es muy tarde, y hoy es 10 de marzo, es muy peligroso caminar a esta hora por la caΓ±ada de San Buenaventura.
Al escuchar la fecha mencionada por la cavernosa voz de su madre, el minero sintiΓ³ la misma sensaciΓ³n desagradable que le producΓ­a desde niΓ±o el relato del incendio de la mina del Bordo, y sin querer, mirΓ³ el retrato que descansaba sobre la repisa junto al espejo. ImΓ‘genes confusas de siluetas humanas que su imaginaciΓ³n infantil, y luego adolescente, habΓ­a tratado de definir con alguna precisiΓ³n sin conseguirlo nunca, aparecieron sobre el deslustrado cristal, deformando el rostro del anciano en una mueca desolada y repugnante al mismo tiempo. ParpadeΓ³ varias veces para terminar con aquella ilusiΓ³n Γ³ptica que atribuyΓ³ al reflejo de la luz del foco que se bamboleaba en una viga de madera. No querΓ­a distraer su Γ‘nimo del momento agradable y tan esperado toda la semana sumido en las entraΓ±as de la Bella Airosa, sacando escombro de oscuros tΓΊneles cansadamente. TratΓ³ de concentrarse en una sensaciΓ³n entusiasta para salir de su casa, pero, nuevamente, la voz de la madre lo sobresaltΓ³ produciΓ©ndole un escalofriΓ³ inesperado que, junto con el traqueteo de las lΓ‘minas y el zumbido que se filtraba entre ellas, lo irritΓ³ fuertemente y lo hizo maldecir sus recuerdos… MirΓ³ de reojo la cajita y saliΓ³ corriendo por la puerta del patio, para no pasar junto a su madre, que debΓ­a estar sentada en el roΓ­do sillΓ³n de la otra habitaciΓ³n, que servΓ­a de sala, comedor y cocina, de manera que no podrΓ­a esquivarla por la puerta principal.
SΓ³lo habΓ­a que dar unos pasos para casi chocar de frente contra el cerro, pues el patio era un pequeΓ±o espacio que separaba la casa de aquΓ©l, sin divisiΓ³n alguna entre ellos. AsΓ­, que caminΓ³ hacia la esquina de la casa para poder brincar desde la angosta franja de cemento que la rodeaba y caer sobre el camino empedrado que se tomaba como calle.
El viento le sacudiΓ³ la corbata, respirΓ³ profundamente, la metiΓ³ entre los botones de la camisa y volteΓ³ hacia su casa: el rostro de su madre se recortaba contra la luz del marco, y a pesar de la oscuridad, la luz de la luna lo iluminaba un poco, dΓ‘ndole un efecto espeluznante que el joven mΓ‘s bien quiso imaginar como expresiΓ³n de la angustia materna.
ComenzΓ³ a subir con la seguridad y el temor de que cuando llegara, sus zapatos estarΓ­an cubiertos de polvo y tal vez raspados inevitablemente, pues las piedras del camino acabarΓ­an con su deseo de sorprender a su novia con su apariencia impecable, ya que casi siempre se veΓ­an cuando ella lo visitaba en su trabajo, fuera de la mina, y lo veΓ­a con sus ropas sucias y las botas desgastadas.
𝐈𝐈
La luna se reflejaba sobre el charol de los zapatos, que iba palideciendo un poco a cada paso que daba el joven minero. Impotentemente, Γ©ste miraba como el reflejo lunar iba esfumΓ‘ndose confusamente en el polvo que subΓ­a cada vez mΓ‘s hasta la vastilla del pantalΓ³n. Concentrado en este pequeΓ±o detalle que, debido al sacrificio realizado durante semanas para poder comprar el calzado, alcanzΓ³ tanta importancia en su espΓ­ritu, no se dio cuenta del desvΓ­o tomado por sus pies sobre el camino.
Fue tarde cuando levantΓ³ la vista y alcanzΓ³ a ver las luces de la ciudad allΓ‘ abajo, pues al instante sintiΓ³ como las piedras del cerro empezaron a golpear todo su cuerpo. Las luces de la ciudad y de las estrellas se fundieron en un remolino vertiginoso mientras el joven caΓ­a rΓ‘pidamente por la falda del cerro, seguido por el polvo apenas visible en la oscuridad, y dejando manchas de sangre en los picos rocosos… AsΓ­ llegΓ³ al fondo del precipicio y quedΓ³ con el cuerpo tembloroso y magullado encima de una piedra. Respirando con dificultad apenas podΓ­a soportar el dolor de su cabeza, golpeada infinidad de veces; le ardΓ­an los ojos y sentΓ­a como si fueran a explotar. MirΓ³ hacia lo alto, la punta del cerro brillaba recortada por la luz de la luna y una neblina luminosa se percibΓ­a flotando espesamente.
𝐈𝐈𝐈
CerrΓ³ los ojos. RespirΓ³ profundamente mientras sentΓ­a el viento aullante rozar su cuerpo y creΓ­a escuchar de nuevo alguna voz lejana. TratΓ³ de pensar en las palabras de su madre pero se le escapaba el significado de lo que decΓ­a; en vez de eso, los susurros del viento tenΓ­an el sonido de voces masculinas, y lo que decΓ­an le parecΓ­a no sΓ³lo confuso, sino mΓ‘s bien aterrador.
- AquΓ­ estΓ‘ el responsable de nuestra muerte. Es el ingeniero que provocΓ³ la tragedia.
Los enfurecidos silbidos del viento se transformaban en el eco de un coro lejano, en multitud de voces infernales y vociferantes. A pesar del dolor, el joven minero intentΓ³ abrir los ojos, pero los pΓ‘rpados le pesaban demasiado. EsperΓ³ inmΓ³vil mientras se daba cuenta de que no era el viento lo que creyΓ³ escuchar en su agonΓ­a, sino verdaderas voces humanas aunque siniestras, como si salieran de lo mΓ‘s profundo de algΓΊn abismo…
Asustado por su descubrimiento, desesperadamente consiguiΓ³ por fin levantar los pΓ‘rpados, y ahora, en vez de la punta del cerro, vio con infinito terror y desconcierto, sin alcanzar a comprender si estaba despierto, dormido o tal vez muerto, un grupo de lo que parecΓ­an ser cuerpos humanos vestidos como la mayorΓ­a de sus compaΓ±eros, es decir, creyΓ³ verse rodeado por mineros…
Su propio cuerpo no respondiΓ³ a su ansiedad por ponerse de pie, estaba completamente congelado por el frΓ­o y el horror del espectΓ‘culo. El horror aumentΓ³ inconcebiblemente al percibir el repugnante olor que flotaba dentro del grupo que lo rodeaba, y alcanzΓ³ los lΓ­mites de la resistencia humana cuando sintiΓ³ como las manos duras, encallecidas y descarnadas de estos cadΓ‘veres repulsivos lo agarraban para desmembrarlo vivo sobre la piedra con rencor y odio infernales.
Al tiempo que sentΓ­a las tenazas en sus miembros, escuchΓ³ proveniente de algΓΊn punto un rugido vibrante que reverberΓ³ en el vaciΓ³ durante unos segundos, y creyΓ³ distinguir unas palabras:
- ¡DΓ©jenlo! No es Γ©l… es mi nieto!
Una a una, en el silencio de la noche, las manos de aquellos espectros calcinados por el fuego soltaron el cuerpo del joven minero, sin perder las expresiΓ³n rencorosa en sus rostros carcomidos y agusanados.
El minero casi pierde el juicio al recordar el retrato del anciano que desde niΓ±o le producΓ­a recelo y un miedo indefinible, pues no entendΓ­a cabalmente quiΓ©n habΓ­a sido. Y definitivamente creyΓ³ que lo perderΓ­a cuando el grupo se abriΓ³ para dejar pasar al ser mΓ‘s espantoso imaginado nunca por ningΓΊn ser humano. Era mΓ‘s alto y robusto que los demΓ‘s, aun colgaban de sus hombros jirones de una camisa de mezclilla chamuscada y tiras de cuero en sus costados, en su cabeza portaba el mismo casco de la fotografΓ­a, ahora corroΓ­do por el Γ³xido y la linterna esta partida en pedazos de cristal que caΓ­an cada vez que viento la tocaba. Un olor a quemado y carne podrida penetrΓ³ la nariz del joven, y un brazo se alargΓ³ con la mano abierta.
- Toma esta cruz. LlΓ©vasela a tu madre. La voz que surgiΓ³ de la quijada inmΓ³vil como los mismos sonidos que escuchara entrar por las lΓ‘minas del techo de su casa provocΓ³ que por fin un desmayo dejara perder la conciencia al minero caΓ­do.
πˆπ•
Nuevamente, algunas voces lo despertaron, pero, esta vez las reconociΓ³ a pesar de estar confundido y totalmente adolorido. Eran las voces de su madre y de su novia, quien habΓ­a ido a buscarlo al dΓ­a siguiente al ver que no llegΓ³ a su fiesta, preocupada porque anunciarΓ­an su compromiso esa misma noche.
Las voces sonaban ahora como el agua clara de un pequeΓ±o rΓ­o, tranquilizantes y confortantes.
- Pensamos que te habΓ­as ido a la cantina con tus amigos. Te dije que era peligroso salir esta noche…
La madre no pudo seguir con su reprimenda, pues con terror y angustia descubriΓ³ sobre el pecho del minero el crucifijo que portaba su propio padre durante el incendio de la mina del Bordo…
Los 87 del Bordo 𝑒𝑠 π‘’π‘›π‘Ž π‘Žπ‘‘π‘Žπ‘π‘‘π‘Žπ‘π‘–π‘œ́𝑛 π‘œπ‘Ÿπ‘–π‘”π‘–π‘›π‘Žπ‘™ 𝑑𝑒 π½π‘œπ‘ π‘’́ π‘†π‘Ž́π‘›π‘β„Žπ‘’π‘§ π‘π‘Žπ‘£π‘Žπ‘™π‘Ž π‘π‘Žπ‘Ÿπ‘Ž π‘™π‘Ž π‘π‘Ž́π‘”π‘–π‘›π‘Ž 𝑑𝑒 πΉπ‘Žπ‘π‘’π‘π‘œπ‘œπ‘˜ “π‘π‘Žπ‘β„Žπ‘’π‘π‘Žπ‘™π‘Žπ‘π‘’π‘™π‘™π‘Žπ‘–π‘Ÿπ‘œπ‘ π‘Ž”, π‘π‘Žπ‘ π‘Žπ‘‘π‘Ž 𝑒𝑛 π‘™π‘Ž π‘™π‘’π‘¦π‘’π‘›π‘‘π‘Ž π‘‘π‘Ÿπ‘Žπ‘‘π‘–π‘π‘–π‘œπ‘›π‘Žπ‘™ π‘π‘Žπ‘β„Žπ‘’π‘žπ‘’π‘’π‘›̃π‘Ž.
π’„π’π’‘π’šπ’“π’Šπ’ˆπ’‰π’• © 2023 𝒅𝒆 𝒍𝒂 π’‚π’…π’‚π’‘π’•π’‚π’„π’Šπ’́𝒏 𝑱𝒐𝒔𝒆́ 𝒔𝒂́𝒏𝒄𝒉𝒆𝒛 𝒁𝒂𝒗𝒂𝒍𝒂

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